
Por Bernardita Yannucci
Entre la fatiga y el placer, Cristóbal Briceño sigue haciendo música como quien respira: por necesidad y con obstinación. En esta entrevista —que coincide con el reciente show de Fother Muckers el pasado 26 de julio en Sala Metrónomo y la preparación de un nuevo disco—, el músico reflexiona sobre la madurez creativa, la rutina de tocar en vivo, la muerte de los ídolos y el peso de ser referente sin quererlo demasiado. Con el humor ácido y la lucidez que lo caracteriza, habla de los cambios, el oficio, sus gustos musicales, de la familia, de Barbara Lewis, de Ozzy, de la industria, de sus héroes vivos y muertos, y de cómo componer canciones que no pretendan esconder el paso del tiempo. Porque como él mismo dice: “Quiero que se noten los años, no disfrazarnos de juventud”.
FOTHER MUCKERS, EL CONCIERTO Y NUEVA MÚSICA
¿Cómo viviste el concierto del sábado 26 de julio con Fother Muckers en Sala metrónomo? ¿Qué sensaciones y sorpresas te dejó esa noche?
Una buena noche en la oficina, se podría decir. El otro día quise hacer un cálculo estimativo de mi número total de tocatas, deben andar por las 800 ya. Entonces, se vuelve una rutina, en el mejor de los sentidos. La idea es ir refinando al mismo tiempo de agregar canciones novedosas. Y creo que el sábado dimos una buena muestra del desarrollo positivo de nuestro sonido.
¿Cómo fue la decisión de volver a tocar con Fother Muckers en este momento? ¿Qué gatilló el reencuentro y por qué ahora?
De hecho, volvimos a tocar a fines de 2022. Y el motivo fue ese, el pequeño capricho de no dejar pasar ese año significativo en nuestra modesta mitología.
Respecto al nuevo disco en el que están trabajando, ¿en qué etapa está el proceso? ¿Qué nos puedes adelantar sobre su sonido o concepto?
Ya sentamos los cimientos, están todas las bases grabadas y ahora estamos añadiendo las capas faltantes, arreglos de guitarra y voces. Pretendemos terminarlo en septiembre, desconozco su fecha de publicación, depende de factores burocráticos y administrativos que escapan a mi control. El concepto general es entregar una fotografía en alta calidad de nuestro momento actual, como los cuarentones que somos. Quiero que se noten los años, no disfrazarnos de juventud.
Después de tanto tiempo sin grabar juntos, ¿cómo ha sido el reencuentro creativo con la banda? ¿Qué ha cambiado y qué permanece igual?
Yo diría que casi todo permanece igual. Simplemente se suman la experiencia y la fatiga. Veo llegar al tropel a la sala cansados y abrumados por el día a día, pero a mitad de ensayo están livianos como plumas. Ni la relación con la música ni la dinámica interpersonal ha cambiado y es reconfortante comprobarlo.
¿Qué diferencias encuentras entre tocar hoy con Fother Muckers y hacerlo en la época original o con Ases Falsos?
Personalmente, me doy menos importancia. Y eso te hace tocar más tranquilo y mejor.
CRISTÓBAL BRICEÑO HOY
Tu último disco solista, Aurora, está cargado de evocación y memoria. ¿Qué motivaciones personales te llevaron a escribirlo y dedicarlo a tu abuela?
El disco es una segunda parte al “Doler Crece”, pero el hecho de que esté dedicado a mi abuela Aurora Miranda fue motivado por su muerte repentina. Los últimos años de su vida se mantuvo muy enérgica, al mismo tiempo que ocupada y aplastada por mi abuelo, que ya tenía demencia senil y se resistía a morir. Creo que toda la familia esperaba la muerte de él, pensando que sería un alivio para mi abuela, quien finalmente podría vivir más desahogada y disfrutar. Pero la vida y la muerte no saben de justicia humana, o quizás somos nosotros los que no la entendemos. Y al poco tiempo de enterrado mi abuelo, a ella se le desató un cáncer muy agresivo que, creo yo, había estado esperando que terminara de cuidar al viejo para manifestarse.
¿Qué lugar ocupa hoy el Grupo Crisis dentro de tu universo musical? ¿Sigue siendo un espacio tipo lado B dentro de tu obra, o ha tomado otra forma?
Yo no veo lados A y lados B, me entrego por entero a todo mi trabajo. El Grupo Crisis es algo que desee por diez años, un equipo de súper músicos con los que interpretar mi repertorio solista. Creo que lo que ofrecemos es demasiado ecléctico y al medio le cuesta un poco digerirlo, porque tocamos de todo. Pero supongo que esa es mi esencia: el exceso.
¿Cómo ves el rol del artista en una industria dominada por algoritmos, plataformas y visibilidad digital? ¿Cómo te relacionas tú con todo eso?
Es el tiempo que me tocó vivir y lo acepto. Mientras mejor me va, más problemas tengo, hay muchos personajes pululando alrededor que tratan de sacar su tajada. Creo que es justo, mientras sean comercialmente creativos y resolutivos. El problema es que la mayoría de las veces no lo son. Me ha costado encontrar socios en el lado del negocio. Pero bueno, en ese contexto trato de respetarme, respetar mis gustos y mi intuición. Procuro rodearme de gente que admiro e intento pagarles bien, monetaria y humanamente.
¿Te incomoda o te interesa la idea de ser un referente para otras generaciones? ¿Cómo llevas esa proyección que muchas personas hacen de ti?
Es un honor que en una pequeña medida justifica tu existencia. Porque el reconocimiento es una manera ingenua pero efectiva de creer que estás venciendo tu caducidad, tu muerte. Te hace sentir que no eres tan insignificante. Pero lo eres.
Tus letras siempre han explorado con agudeza lo humano, lo incómodo, lo íntimo. ¿Qué te interesa hoy como materia prima para escribir canciones?
No busco temas. Dejo que se me acerquen y entonces veo si se dejan acariciar.

MÚSICA, ÍDOLOS Y LA VIDA
¿Qué estás escuchando últimamente? ¿Qué música suena cuando vas manejando, cocinas, te duchas o estás bajoneado?
Ahora mismo mientras respondo tus preguntas escucho a Barbara Lewis, una cantante que con Valeria adoramos. Su obra es acotada pues se retiró a comienzos de los 70. Pero sus hits de mediados de los sesenta viven para siempre en esta casa. Por ejemplo, la canción “How can I say goodbye”, que suena en este momento, es para derretirse. También recomiendo una que pasó hace un ratito, “Pushing a good time”.
¿Te permites ser fan hoy en día? ¿Hay artistas o discos que te generen entusiasmo casi adolescente, como alguna vez lo hizo Ozzy Osbourne?
Soy muy idólatra, quiero decir, instintivamente. Por eso tiendo racionalmente a estar en contra de ello. Hoy estoy pegadísimo con los Misfits, especialmente su primer álbum, Static Age, que aunque grabado en 1978, fue publicado íntegramente recién en 1996. Es un banquete de imaginación provocativa. El caso de Ozzy es especial. De muy joven lo que más admiraba de él, quizás incluso más que su música, era su gracia despreocupada, parecía un hombre niño de buen corazón que se mandaba mil cagadas, una tras otra.
A propósito de la muerte de Ozzy Osbourne, de quien eras fan: ¿cómo te impacta la muerte de ídolos musicales? ¿Qué deja en ti ese tipo de pérdidas?
He visto morir a muchos de mis héroes musicales. Brian Wilson no me dolió tanto porque fue muy paulatino. Lo mismo Burt Bacharach. Lamenté bastante a Tom Verlaine. Juan Gabriel fue impactante, pero creo que sumando y restando tuvo una vida y muerte feliz. Joe Strummer, recién estaba entrando en los Clash cuando murió. Igual que Frank Sinatra, me acuerdo cuando murió pero todavía no le tomaba el peso. O Nina Simone, de quien después me hice discípulo. Michael Jackson, ahí sí quedé marcando ocupado, caleta de rato adentro del furgón estacionado en una calle oscura de San Carlos. Leo Dan me dolió. Igual que Pato Manns y Lou Reed. Tito Fernández me dio mucha pena que se haya ido por la puerta chica. Leonard Cohen se fue en paz. También Aretha Franklin. Si es que se puede morir en paz, claro. Zalo Reyes se veía venir. No así David Bowie. Me acuerdo una vez hace como 20 años, íbamos en el auto mi papá, un amigo paco de él que dirigía una comisaría en Independencia y quien habla. Como siempre, yo me encargaba de la música. En un momento suena “Starman” y su amigo dijo: “este tema es para bailarlo empelota”. Me quedó incrustado en la memoria.
Siempre lamento hacer estas listas por todas las omisiones. Pero todavía hay muchos viejos vivos, gozando de mejor o peor estatus público, Germaín de la Fuente, Felo, Jeanette, Charly García, Dionne Warwick, Diana Ross, Silvio Rodríguez, Neil Young, Al Green, Glenn Danzig, Rob Halford, Frankie Valli, Jeff Lynne, Buddy Richard, Ray Davies, Todd Rundgren, Ricardo Cocciante, John Fogerty o el más grande de todos: Barry Gibb. Y el cantante con el que más me identifico en el mundo entero, Charles Wright. Todavía vive y publica en Instagram y le ponemos “me gusta” como veinte personas.
¿Qué te ha enseñado la madurez creativa? ¿Qué haces distinto ahora respecto a tus inicios? ¿Dónde notas tu evolución con más claridad?
Soy mucho más eficiente. Pero hablaría muy mal de mí que no lo fuera, después de veinte años haciendo lo mismo. Fue el nacimiento de mi hija, hace ya once años, que me hizo aprovechar mucho mejor el tiempo. Tengo la buena suerte de gozar de una vida familiar feliz, mi polola, hija y gata me mantienen firme y estable.
15. Si tuvieras que armar una playlist para un viaje largo en carretera, solo, de madrugada, con la luna llena encima, ¿qué canciones no podrían faltar?
En la soledad de mi Citroën estoy escuchando mucho heavy metal gringo, como el “South of Heaven” de Slayer o el “Symbolic” de Death. He revisitado con renovado placer el “And Justice for All” y el “Countdown to Extinction”, de Metallica y Megadeth respectivamente. Quizás estoy bajo mucha presión y esta música me ayuda a canalizar rabia reprimida. O será simplemente una crisis de la mediana edad.







Qué interesante ver cómo Cristóbal Briceño y Fother Muckers mantienen su esencia mientras preparan el nuevo disco. ¡Estoy ansioso por escucharlo!