
David Bowie a 10 años de su muerte, diez años desde ese 10 de enero de 2016 en que muchos nos enteramos de una noticia que todavía cuesta asimilar. El tiempo pasó, pero la sensación sigue siendo parecida: volver a su música, a sus imágenes y a su historia no es solo un ejercicio de memoria, sino una forma de acompañar algo que sigue vivo.
David Bowie nació el 8 de enero de 1947, el mismo día que Elvis Presley, aunque doce años después. No deja de ser una coincidencia cargada de sentido que la canción que da título a su último disco se llame Blackstar, igual que una rareza del repertorio de Elvis, conocida como Black Star o Flaming Star. En esa canción se evoca la idea de que, cuando a un hombre le llega su hora, una estrella negra se posa sobre su hombro. Una imagen que Bowie resignificó como símbolo de final, tránsito y transformación.

Las mujeres fueron un eje fundamental en su vida. Con Iman encontró amor, calma y estabilidad hasta el final. Con Angie Bowie, su primera esposa, compartió la ambición y el empuje de los años formativos. Pero hubo otras figuras decisivas: Hermione Farthingale, su primer gran amor, que inspiró la canción “Letter to Hermione”; Coco Schwab, confidente, asistente personal y amiga desde 1973 hasta su muerte; y Ava Cherry, quien le abrió nuevos y determinantes mundos musicales.
Desde muy joven mostró interés por la música, la pintura, la pantomima y los libros. Fue un lector voraz. Literatura, filosofía, ciencia ficción y arte alimentaron su imaginario creativo. Sus recomendaciones quedaron reunidas en Bowie’s Bookshelf (El club de lectura de David Bowie), compilado por John O’Connell, una ventana directa a las influencias que moldearon su pensamiento.
¿Cuántos alter egos puede tener un artista? Todos los que sean necesarios.
Lazarus fue canción, video, obra de teatro y despedida. El musical se estrenó en 2015 en Nueva York, protagonizado por Michael C. Hall, y funciona como una “secuela espiritual” de The Man Who Fell to Earth, la película que Bowie protagonizó en 1976, basada en la novela de ciencia ficción de Walter Tevis. La obra fue escrita por David Bowie junto a Enda Walsh, y consolidó su interés por el cruce entre música, teatro y narrativa.
Lo visual nunca fue accesorio en Bowie. Fue protagónico y una extensión natural de su lenguaje. Maquillaje, vestuario y videoclips respondían a una misma convicción: la música también se mira. Esa mirada quedó consagrada en el archivo definitivo de su obra, resguardado por el Victoria and Albert Museum de Londres, donde miles de piezas confirman que cada disco, personaje y etapa formaron parte de un universo coherente y deliberado.
David Bowie tuvo dos hijos: Duncan Jones, nacido en 1971, y Alexandria Zara Jones, nacida en 2000. Duncan es director de cine (Moon es una de sus películas más celebradas), y Alexandria es artista visual y multidisciplinaria: pinta, canta, escribe y diseña. En su cuenta de Instagram, @p0odle, se pueden ver muchos de sus proyectos y exploraciones creativas.

Ya sea que conozcas cada uno de sus discos o que su carrera te parezca inabarcable por lo prolífica y cambiante, la invitación es simple: toma cualquiera de sus 26 álbumes de estudio y escúchalo. Puede resonar distinto según el momento de la vida en que estés. Hay mucho para elegir: del rock al pop sin pudores, del soul a la electrónica, pasando por el glam, el funk, el art rock, el industrial, el jungle, el trip hop y el rock and roll. Estilos diversos y mutantes, atravesados siempre por un mismo sello: la experimentación permanente.

Han pasado diez años y no hay por qué obligarse a superarlo.
David Bowie vive mientras su obra siga conmoviendo a alguien.
