
Andrea Amosson ha desarrollado una obra narrativa marcada por la ficción histórica y la recuperación de voces femeninas que han quedado al margen de la historia oficial. Nacida en Antofagasta y residente en Estados Unidos desde hace años, su escritura dialoga con distintos momentos y territorios de la historia chilena, abordando temas como la memoria, el poder, la identidad y las tensiones sociales que han atravesado la vida de las mujeres.
Autora de novelas como Las lunas de Atacama, Las mujeres de la guerra, La maestra Bernarda y La pasión de las mujeres Milet, Amosson ha sido reconocida tanto en Chile como en el ámbito literario hispano de Estados Unidos, incluyendo el International Latino Books Awards. En su trabajo, la autora combina investigación histórica y sensibilidad literaria para completar los vacíos que dejan los relatos oficiales.
Con Hija del desierto, publicada por Penguin Random House, Amosson vuelve al norte grande chileno y sitúa su nueva novela en la década de 1920, en un contexto de exploraciones científicas y profundas restricciones sociales. A través de la historia de Albúmina Azócar, una joven que desafía las expectativas de su época al aspirar a convertirse en arqueóloga, la autora reflexiona sobre la desobediencia, el duelo y las raíces ancestrales, incorporando la memoria de las momias Chinchorro como eje simbólico y cultural.
En esta entrevista, Andrea Amosson aborda el origen de la novela, su vínculo personal con el desierto, la escritura desde la migración y el sentido de narrar, desde la ficción histórica, aquello que la historia dejó en silencio.

Hija del desierto nos lleva al norte chileno de los años 20. ¿Qué te atrajo de ese tiempo y de ese territorio para contar esta historia?
La década de 1920 me atrae mucho: es una época de entre guerras, marcada por un optimismo frágil, mientras Chile aún vive el auge del salitre, sin sospechar las debacles que vendrán. El norte grande es un territorio que siento muy propio: nací en Antofagasta y crecí entre esa ciudad y Pedro de Valdivia, una oficina salitrera.
Pasé varias vacaciones de verano en Iquique y Arica, donde teníamos familiares. En una de esas visitas, entramos a un museo y allí me encontré por primera vez con las momias Chinchorro. Jamás me olvidé de esa experiencia: como niña y habitante del desierto, me conmovieron, me asustaron y me fascinaron.
Con la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO de las momias Chinchorro, esa impresión infantil se transformó en un proyecto literario que terminó convirtiéndose en Hija del desierto.
Albúmina Azócar es una joven que sueña con ser arqueóloga en un mundo que no espera eso de ella. ¿Cómo nace este personaje y qué representa para ti?
Albúmina representa a quienes sienten que nacen a destiempo o que viven con una constante sensación de estar descolocadas. Son personas que sienten que encajar en el molde implica demasiado esfuerzo y renuncia; puede que lo intenten, pero a la larga desisten. Y puede ocurrir que, en otro momento de sus vidas, elijan aquello que se suponía debían haber elegido antes, pero lo hacen a su manera y en sus propios tiempos.
Eso me identifica, porque provengo de una familia minera —de generaciones— donde los roles estaban tallados en piedra: la mujer pertenecía a la cocina y el hombre, a la calle. Pero en ese mismo entorno, las mujeres de mi familia encontraban espacios para desarrollar sus intereses, y aquello es un logro enorme. Hasta llegar a mi madre, que fue la primera en estudiar en la universidad y abrió las puertas para mis hermanas, mis primas y para mí. Por eso, Albúmina —y veo que también mis otras protagonistas de mis otras novelas— representan un impulso, un deseo y un camino de liberación y autenticidad.
En tus novelas sueles trabajar desde la ficción histórica para rescatar voces que quedaron fuera de la historia oficial. ¿Qué te permite este género a la hora de escribir sobre mujeres y memorias olvidadas?
Completar vacíos. Por ejemplo, cómo se consiguió el voto femenino en Chile en la novela La maestra Bernarda; y, al mismo tiempo, cómo lo vivían las mujeres que no estaban al centro del proceso e incluso se oponían. Siempre hay un deseo de mostrar posturas, no de pontificar. El deseo es, además, que el lector y la lectora saquen sus propias conclusiones. Y a nivel personal, crecí en un círculo de mujeres adultas donde se contaban muchas historias. Era una mezcla de anécdotas, recuerdos y bromas, con risa y nostalgia. Tal vez también intento recrear esa sensación de complicidad al narrar estas historias para los lectores.
Por supuesto, esta idea de completar vacíos me interesa mucho. En aquello que no encuentro en los libros de historia ni en las investigaciones de época, aparecen silencios con un potencial literario y creativo enorme. Allí habitan mis protagonistas: en los espacios no consignados por los estudios académicos.
La búsqueda de identidad y libertad atraviesa toda la novela, pero también el dolor y la renuncia. ¿Crees que crecer y encontrar la propia voz sigue implicando ese costo hoy?
Creo que sí. Porque no somos inmutables. El entorno nos afecta, tanto en lo público como en lo privado. Y vamos creciendo, transformándonos. En general no me gusta el término “reinventarse”; creo que se trata de un proceso de crecimiento. Cada decisión implica mantenerse leal al centro de nuestras creencias o alejarse un poco de él. Qué cosas son irrenunciables y cuáles se pueden negociar.
Todo eso forma parte del crecimiento, de acuerdo con la realidad y la etapa de la vida en la que nos encontramos.
Albúmina vive en constante tensión con las normas sociales de su época. ¿Qué te interesaba explorar sobre los límites impuestos a las mujeres y la “desobediencia”?
Por un lado, los límites de la época y cómo esos límites pueden tomar otras formas o manifestaciones en la nuestra. Pasa el tiempo, pero la mentalidad de una época no obedece a calendarios y la tensión que mencionas permanece.
Por eso Albúmina resulta tan “desobediente” tanto para su entorno; sin embargo, para el nuestro, es natural que tenga intereses más allá de ser esposa y madre.
La situación de Albúmina es que, en su época, esos intereses eran excluyentes entre sí.
Pero ¿cómo se manifiestan esos límites en la actualidad? Desde el presente podemos observar procesos e intentar identificar sus orígenes, para tomar decisiones conscientes, más allá del “es que así siempre se ha hecho”.
Vives fuera de Chile desde hace años. ¿Cómo influye esa distancia en tu forma de mirar el país y de escribir sobre el norte y sus raíces?
Escribo desde la nostalgia; por lo tanto, la distancia se ha convertido en un motor creativo y en un interés profundo por la historia de nuestro país. Cuando escribo, siento que viajo a mi tierra cada día, y volver a estar en ese entorno me produce una gran sensación de plenitud. Mi condición de mujer, madre y migrante en un país con otro idioma también conforma mi escritura. Al escribir y al hablar, las palabras en castellano se escapan y toma un poco más de tiempo encontrarlas. El vocabulario en la lengua materna se va reduciendo, así que necesito leer con intención para contrarrestar esa pérdida. Al mismo tiempo, las experiencias vitales se duplican al convivir a diario en dos idiomas, dos formas de configurar el mundo y de interactuar con personas de distintos países, porque Dallas es una ciudad muy cosmopolita.
Mantenerse arraigada a tantos kilómetros de distancia es un desafío y no creo haber salido muy airosa; más bien, es probable que escribir sobre el norte de Chile me ayude a mantenerme unida a mi tierra.
¿Qué te gustaría que se lleven las y los lectores después de leer Hija del desierto?
Me gustaría que se conectaran con la experiencia de Albúmina y de su padre, Séptimo, como dos seres atrapados en un duelo silencioso y reprimido, que no pueden expresarlo con naturalidad. Además, me gustaría que Albúmina nos recuerde que siempre ha habido trabas, y que podamos agradecer a las mujeres que vinieron antes y las rompieron para facilitarnos un camino propio. Y, por supuesto, que aprendamos más sobre las momias Chinchorro. No son solo las momias más antiguas del mundo, sino también una muestra de amor ancestral que pervive hasta nuestros días.











