
Por @patyleiva, fotos @javiajerap
Fue muy nueva la sensación de ver un espectáculo que ha sido largamente documentado en internet durante el último tiempo y aún así, sorprenderte. Ver en vivo el Rosalía Lux Tour en Movistar Arena fue como conocer en persona a un artista. Durante meses hemos visto videos, fragmentos, reseñas, fotos y reacciones en redes sociales, habíamos observado el montaje desde cientos de pantallas. Pero ahora conocimos a Lux en persona.
(Ojo! quedan los últimos tickets disponibles para los shows del lunes 27 y miércoles 29 de julio.)
Un espectáculo concebido como una obra escénica, dividido en actos, con una fuerte influencia teatral y operística, acompañado por una orquesta en vivo y una puesta en escena monumental que transforma el concierto en algo mucho más cercano a una experiencia inmersiva que a un recital pop tradicional. La gira fue diseñada para arenas y representa una evolución radical respecto al minimalismo del celebrado Motomami World Tour.
Desde los primeros minutos queda claro que Rosalía decidió desafiarse nuevamente. Ya lo había hecho con Motomami, donde las cámaras eran protagonistas absolutas. Aquí siguen siendo esenciales, pero cumplen otro rol. Ya no son el centro del relato, sino una herramienta al servicio de una propuesta mucho más ambiciosa. Lux tiene un carácter teatral cargado de referencias que van desde lo religioso hasta momentos que evocan al teatro negro de Praga (en La Perla, con la brillante coreografía de los guantes blancos).
Todo parece cuidadosamente coreografiado, desde la ubicación de la orquesta hasta los desplazamientos de Rosalía por el escenario principal y la plataforma secundaria instalada entre el público. La estructura, conectada por una larga pasarela, permite que la artista se acerque constantemente a distintas zonas del recinto, generando una sensación de intimidad sorprendente para un espectáculo de esta escala. Y qué impresionante resulta la sincronía.

Los bailarines, los músicos, las cámaras, las luces, las pantallas, las entradas y salidas de escena. Todo respira al mismo ritmo.
Hay momentos en que uno deja de intentar descifrar cómo está construido el espectáculo y simplemente se entrega. Porque el nivel de detalle es tan fino que parece imposible que algo falle.
La palabra que mejor describe el trabajo visual es precisión. Pero nunca una precisión fría. Al contrario.
Lo notable de Lux es que detrás de toda esa arquitectura artística sigue latiendo algo profundamente humano.
Porque si bien la propuesta escénica es gigantesca, ella logra que todo vuelva constantemente a la emoción.
Durante toda la noche agradeció al público chileno una y otra vez. Y le creemos. No como una frase aprendida para cada ciudad. No como parte del libreto. Hay algo genuino en su manera de detenerse, observar al público y agradecer el acompañamiento a cada una de sus etapas creativas.
Quizás por eso no sorprendía ver lágrimas en los ojos de cientos de chicas secándose las lágrimas mientras pañuelos blancos adornaban sus cabezas. Había abrazos. Había personas cantando cada palabra como si estuvieran recordando una parte importante de sus propias vidas y también estaba Rosalía emocionándose junto a ellas.
Uno de los momentos más memorables de la noche, curiosamente, no estuvo en el libreto. Una fan levantó un cartel que Rosalía intentaba leer desde el escenario. La cantante observó, intentó descifrar el mensaje y finalmente pidió ayuda.
“Silencio, yo sé que quieren ayudar pero dejemos que ella hable”, solicitó al público para escuchar mejor. Entonces la chica (que después escuchamos, se llama Isabel) gritó con todas sus fuerzas que había dejado a “su Perla” en Calama para viajar al concierto porque él no quería dejarla venir. La respuesta de Rosalía –y de todos en verdad –fue de indignación: tú puedes ir a donde tú quieras ir!”. Luego dijo “No conozco Calama, qué bonito debe ser”, respondió Rosalía entre risas del público.

Luego descubrió otro cartel “Soy tu imitadora”. Rosalía le pidió que cantara. La chica, visiblemente nerviosa, apenas podía contener el temblor en la voz mientras se disculpaba por no sonar como ella.
Y entonces ocurrió uno de esos gestos pequeños que explican por qué tanta gente conecta emocionalmente con la Rosalía. “Tú no eres una imitadora”, le dijo. “Tienes tu propia voz y suenas muy lindo”. Y antes de comenzar otra canción, volvió a nombrarla. “Vamos, Antonella”, como si ambas estuvieran compartiendo el escenario. Adorable.
Musicalmente, el concierto es una demostración de versatilidad impresionante: referencias clásicas, operísticas, religiosas y literarias, además de canciones interpretadas en múltiples idiomas –con karaoke y traducción sobre el escenario para que no nos perdieramos de ningún significado–. Ese universo se potencia con una fuerza enorme gracias a la presencia de la orquesta instalada en medio de la cancha, en un segundo escenario en forma de cruz cargado de virtuosismo que parte desde el instrumento más primario y natural: las palmas de las manos.
Hay una cuota alta de dramatismo, profundidad y momentos emocionantes, pero a poco andar, Rosalía también entiende perfectamente algo esencial: nadie vino solamente a llorar. Y entonces aparecieron algunas de las favoritas de Motomami y el Movistar Arena explotó. Saltamos. Cantamos. Bailamos.
Romina Pistolas –autora del súper exitoso libro “Carmen, o como me inicié en el negocio de bailar sin ropa”– fue la invitada a confesarse la noche del sábado. Con la sinceridad y espontaneidad que la caracterizan, protagonizó una cálida interacción con Rosalía que terminó regalándonos uno de los momentos más cercanos del show. “Yo en el libro lo conté de una manera, pero lo que en verdad pasó fue…”, comenzó diciendo antes de lanzarse a compartir su confesión ante un Movistar Arena que escuchaba atento.

Al final del concierto queda la sensación de haber presenciado una artista en plena expansión creativa.
Que mezcla flamenco, pop, música clásica, humor, danza contemporánea y teatralidad sin perder nunca su identidad. Se toma en serio en el sentido de su preparación vocal y estilística, pero se rie y parece disfrutar en el camino. Sobre todo, se ve muy agradecida y a la vez orgullosa de sí misma en el escenario, una mezcla preciosa y poco habitual.
Dijo que esperaba seguir regresando a Chile mientras la vida se lo permitiera, que gracias por acompañarla, por escuchar sus proyectos y por no dejarla caer. ¿Será la gratitud parte clave de su éxito? Probablemente tenga mucho que ver con eso.

Al ir saliendo del Movistar Arena, quedé con la sensación de que acabábamos de ver a una de las artistas que terminan definiendo una era, de las que inspiran imitaciones, tendencias y generaciones enteras que se embarcan en tremendas producciones para recordarnos que la música en vivo siempre vuelve a sorprender.

Vuelve mil veces, Rosalía, nunca dejes de volver.
